Peregrinar no es caminar

AÑO SANTO 2027 – PEREGRINAR NO ES CAMINAR

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El Camino de Santiago como espacio sagrado para la vida, manantial de experiencias personales y punto de encuentro fraterno para el mundo.

Hay emplazamientos en la tierra creados o generados para sustentar las esperanzas, ilusiones y anhelos de la humanidad o confortarnos en la lucha contra nuestros miedos y temores atávicos. 

Mientras lo hacen, se fortalecen y crecen en importancia gracias al acceso a los mismos, de manera continuado y persistente, de millones de seres humanos a lo largo de los siglos. 

El ir y venir incesante de estas personas, los van impregnando de un aurea o energía que no desparece con el paso del tiempo. Al contrario, se va incrementando con cada visitante que, con sus esperanzas y motivaciones diversas, potencia la atmosfera que arropa ese lugar y, por tanto, percibe, siente y agradece el visitante nuevo o futuro.

En estos espacios – religiosos, espirituales o simbólicos – solemos depositar, como seres imbuidos de un fuerte sentimiento de finitud, buena parte de nuestras ansiedades, temores o aspiraciones vitales y, llegado el caso, también nuestra alegría y sentimientos de felicidad. 

Los seres humanos, hemos generado, y lo seguimos haciendo, miles de ellos, pero habitualmente casi todos son emplazamientos concretos y acotados alrededor de una construcción que atesora en su interior algún misterio o elemento devocional. 

El Camino de Santiago – hoy todavía el Camino Francés -, sin embargo, se distingue como singular y extraordinario entre esto espacios arquetipos de paz y esperanza, porque, siendo uno de ellos, su extensión excede al de todos. Es un recorrido de cientos de kilómetros donde, tras mil años de tránsito continuado y persistente de peregrinos, se propicia un proceso transformador en las personas que lo transitan en el que el propio camino se convierte en tan relevante para ellos como la meta.

Vencer al calor, el frio o la lluvia; transitar por un camino no siempre bello; ser consciente de nuestras limitaciones físicas y capaces de superarlas; compartir el cansancio y las conversaciones con personas que hasta hace unos días eran desconocidas y revelarse cercanas; descubrir la generosidad de quienes, como voluntarios, dedican su tiempo a acogernos como peregrinos en los albergues; recibir ayuda y ofrecerla; convivir con personas extrañas de los lugares por los que pasamos; acostumbrarnos al ritmo sereno de andar y, como consecuencia, constatar otra forma de relacionarnos con el tiempo y con los demás; formar parte, aunque sea temporalmente, de una comunidad que avanza hacia una misma meta y comprobar cómo, jornada tras jornada, los encuentros, las dificultades y todo lo vivido van dejando algo en nosotros que transforma nuestra manera de mirar, de relacionarnos y de entender lo que nos rodea. Todo esto es peregrinar, que no caminar.

Y esa experiencia, tan loada por quienes la hacen, se produce en el Camino de Santiago si le aportamos los días suficientes y la distancia adecuada para propiciarlo.

Porque, si le damos la distancia en kilómetros y los días necesarios, empecemos como empecemos el Camino, ya nada volverá a ser igual al final del mismo y nos habremos convertido en seres de leyenda, esos que la Historia ha dado en llamar: PEREGRINOS.

Una nueva dimensión en la que recuperamos el protagonismo como seres humanos y en la que el caminante iniciático pasa a ser singular espécimen de un nuevo linaje, el de los seres que cuando se miran se reconocen fraternos.

Pero, el Camino de Santiago es, además, una meta. Nada menos que la tumba de uno de los “elegidos”, uno de esos seres únicos que permanece en la memoria histórica para consuelo de todos cuantos a él se acercan. Meta y Camino, son de hecho las dos potencias que propician la metamorfosis del caminante en peregrino.

Llega el Año Santo 2027, creyentes o no, con sencillas normas, podemos jugar a un juego: el de hacer el Camino que no es otro que el de emular a la vida. Un juego que deviene en el encuentro con uno mismo, la cercanía al extraño como hermano, el saludo amigable del lugareño, el disfrute y respeto de la naturaleza, la demostración de nuestra fortaleza interna, en la que habíamos dejado de creer, y la emoción de la llegada. 

El comprobar, en definitiva, que quien empieza es uno y el que acaba otro, constatar lo poco que necesitamos para vivir y que la sonrisa abre puertas y corazones. 

Lo haremos de la mano del espíritu de cuantos nos precedieron, dejando nuestros anhelos y vivencias, en cada paso, para los que nos sucedan.

Todo eso es peregrinar en el Camino de Santiago. La seguridad de que lo que era, ya no será y que lo nuevo es producto del tránsito físico e interior, a lo largo de esos 30 días, entre lo que esperábamos al inicio y el resultado final.

Ultreia et suseia

Miguel

Presidente de Camino Francés Federación.

CARTAS PARA JUGAR AL JUEGO DEL CAMINO DE SANTIAGO

  • Indumentaria, la imprescindibles y más sencilla. Poco necesitamos para vivir y el Camino nos lo enseña.
  • Si físicamente puedes hacerlo, puja siempre por tus pertenencias. Si te las transportan, acabarás haciendo su viaje y no el tuyo. 
  • Si aspiras a conocer la fascinante transformación de caminante a peregrino, procura andar el mayor número de días que te permita tu físico. Comprobarás que es mucho más de lo que crees y te sentirás feliz por ello.
  • No reserves, ábrete a la aventura y ve a albergues de Acogida Tradicional, donde no tendrás problemas de plaza. En último término, tu refugio será la habitación con más estrellas del mundo. 
  • Se generoso en los albergues de Acogida Tradicional con lo que se te ofrece. Te atienden voluntarios del mundo que destinan su tiempo a hacer posible tu aventura.
  • Prepara tu mente para disfrutar con los que, como tú, caminan o peregrinan. Descubrirás la mucho que nos une como seres humanos.
  • Y recuerda, no caminas a una ciudad, peregrinas a la tumba de uno de esos seres singulares que nos ha dado la humanidad entre la historia y la leyenda.

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